Día de la Batalla de Caseros: Fin del gobierno de Rosas (3 de febrero)

El 3 de febrero de 1852, en los campos de Caseros, en las afueras de Buenos Aires, se libró una batalla que cambiaría para siempre el destino de la Confederación Argentina. No fue solo un enfrentamiento militar; fue el choque definitivo entre dos proyectos de país.

Durante más de dos décadas, Juan Manuel de Rosas había gobernado con puño de hierro, centralizando el poder en Buenos Aires y manteniendo a la Confederación bajo un régimen que, si bien trajo orden, suprimió las libertades civiles y políticas. Su gobierno, sostenido por la poderosa Sociedad Restauradora (más conocida como “La Mazorca”), enfrentaba una creciente oposición interna y el rechazo de las potencias extranjeras.

El detonante final fue la rebelión de uno de sus hombres de mayor confianza: Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos. Con el apoyo de Brasil, Uruguay y las provincias del litoral, Urquiza formó el Ejército Grande, una coalición de más de 24,000 hombres. Rosas, al mando de fuerzas menos numerosas y motivadas, se dispuso a defender su régimen.

La batalla fue breve y decisiva. En la mañana del 3 de febrero, las fuerzas de Urquiza superaron tácticamente a las rosistas. Para la tarde, el ejército federal se desbandaba. Rosas, herido, abandonó el campo de batalla y escribió una renuncia lacónica antes de embarcarse hacia un exilio definitivo en Inglaterra. Así, en unas horas, concluyó abruptamente una era.

Fin del gobierno de Rosas

La derrota en Caseros significó el colapso inmediato y total del sistema. El régimen, tan personalista, no tenía sucesión posible. La noticia liberó a las provincias de la hegemonía porteña y desató un período de intensas negociaciones y debates sobre cómo organizar el país. La caída de Rosas abrió las compuertas para que las ideas del liberalismo, el federalismo auténtico y la organización constitucional, largamente reprimidas, fluyeran con fuerza.

Camino a la Constitución de 1853

Urquiza, como nuevo hombre fuerte, comprendió que el vacío de poder debía llenarse con un marco legal que unificara a la nación. Su primer paso crucial fue el Acuerdo de San Nicolás (1852), que convocó a un Congreso General Constituyente en Santa Fe. Allí, representantes de todas las provincias (excepto Buenos Aires, que se marginó temporalmente por disidencias) trabajaron basándose principalmente en ideas de Juan Bautista Alberdi, expuestas en su libro “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”.

Fruto de ese histórico debate, el 1° de mayo de 1853, se sancionó la Constitución Nacional en la ciudad de Santa Fe. Inspirada en modelos extranjeros pero adaptada a la realidad local, estableció un sistema de gobierno republicano, representativo y federal, que garantizó derechos individuales y delineó la división de poderes. Aunque Buenos Aires no se incorporaría hasta 1862, la Carta Magna de 1853 sentó las bases jurídicas de la Argentina moderna.